viernes, 24 de septiembre de 2010

Necrológica entomológica

Lykaios, un malaventurado coleóptero ha dejado la Tierra en el segundo aequinoctĭum de la misma para sufrir solemnemente la pérdida de su alma gemela llamada Odessa, una mariposa preciosa con la que tuvo la oportunidad de compartir una gota de rocío unas breves horas. Ya al saber que un kilómetro los separaba el valiente Lykaios escribe una necrológica irritante para Odessa, y ésta al encantarse se pone sus alas fosforescentes y sale volando dejando humillada la voluptuosa voluntad del desconocido.

Antes de arrepentirse, Lykaios deja atrás todos los pesares, construye una redecilla para cazar mariposas y se desdobla en una obscura sombra detrás de la inocente Odessa, quien muy asustada le sella los labios con un fuerte beso para huir de la terrible sombra que le aguardaba cercanamente, pero eso no sirve. No sirve en lo absoluto, pues la pobre Odessa queda atrapada en dos cuadros de plástico rodeados por una bola de cristal. En eso llega Panthea, la luciérnaga celosa de familia, que con su estridente luz termina su entrada triunfal cegando los ojos y quemando las pestañas del vil secuestrador de mariposas ficcionarias, logrando la venganza en honor de la mariposa.

A pesar de todo, Odessa sigue desfilando sus alas distópicas en su cosmos de cristal, siendo realista como es debido, estupefaciente en las acciones, hasta el último segundo en esta vasta realidad, recogiendo cerezos en cada flor donde se hospeda su belleza, limpiando las caricias falsas, imputando injusticias y borrando por completo las sombras de algún pasado o presente húmedo. Sin magia ni ilusión, todo había desaparecido. Desolación eléctrica, evaporación filosófica.

Fatuo de lo sucedido, Lykaios no se arrepiente de que el hecho de volar hacia otra dirección como la luciérnaga Panthea -con el fin de escapar de la ausencia de relojes para odontólogos impuntuales- haya dado resultado. Un resultado divino y sublime, ya que las líneas del camino se cruzaron con caracoles playeros para localizar el vivo secreto, donde el protagonista de esta desdicha encontró la manera de sobrevivir ante una impetuosa semana repleta de libros (muchos libros rojos), huesos rotos, amapolas, joyas portuguesas, paréntesis reclinados y la venturosa satisfacción de haber llegado a tiempo a una cita.

Ya al no saber que absorber de las palabras, Lykaios, audazmente, se recuesta sobre el trozo de crisálida de la mariposa y duda si llovería de nuevo, pero eso no tiene importancia. Sólo pensaba si encontraría de nuevo aquellas flechas; rosas o caracoles que lo condujeron al sabor victorioso de comprender al fin que sólo en la oscuridad se ve la tempestad de un aguacero virgen (las casualidades) y que no solamente en las saetas accidentales está el utópico y sucio destino, sino que el verdadero displacer de tropezar con flores ficcionarias está en los actos ligeramente convencionales y escritos en mayúscula: El café, entendimientos, accidentes, serendipia, nihilismo y el ruin retroceso a los puntos de partida.