viernes, 13 de agosto de 2010

Mi invitado suicida

Finalmente: Ojalá pudiera ser un cristal, un sencillo y tierno cristal.
Pudiera ser una fría y triste peña.
O solamente ser un pañuelo exangüe de nubes para abatirse encima de todas las ideas de esta ciudad.
Un libro abierto.
Una hoja rota.
Un lápiz sin plomada.
Un cero aplastado por un tres al revés.
Un teatro de celos en la esquina de los que musitan.
Una nota de cita a las ocho en el espejo imaginario.

Son las ocho con un segundo. Toca la música, toca una página, toca tres palabras, toca nueve, toca el diez celoso del uno, bailarle los ojos al cinco es una distracción bastante entretenida para estas épocas de silencio. Pero él no tiene relojes para eso. Se irá y regresará más tarde.

Mi invitado es ininteligible, vigorizante y vivificante; él me dijo a las cuatro y parapeto que su hermana vivía en el ciruelillo de la casa en Delancey, nadie sabía por qué. Luego de un tiempo me dijo que una mañana del lunes su hermana no estaba y dejó un pequeño sobre en blanco, no había carta, solo fotografías de un gato blanco con un tazón de leche a un costado, y la sombra de un niño que grita. Pero no sabe si llora, o si ríe o si se burla. Él es bastante mentiroso, pero me agrada. Hay veces en las que me habla sobre historias de escritores famosos y las compara con su propio día a día. Un martes fue corriendo desde la parada de autobús, tropezó con un buzón y siguió corriendo hasta el jardín de la esquina, donde hay una flor azul. -Oh, que hermosa flor… como el cielo, como el cristal como el sol-

Cada miércoles él va al café anónimo y pide siempre dos coñac y no recibe el cambio . Cuando se sienta saca de su bolsillo hojas de papel arrugadas y escribe versos como:
“Le saisir, prendre des risques, profiter, apprendre, connaître, vivre.”

Los observa, los acomoda y los coloca en su pantalón para sacarlos nuevamente el próximo miércoles.

El once de algún mes me dijo que estaba enfermo de salud -pues ni modo que de sueños- y además, se estaba muriendo de felicidad. En mismo día lo acompañé a sus clases de escritura y cuando salimos me gritó en el oído que amaba las palabras. A lo que le respondo con bastante curiosidad: es una confusión dulce y él me susurró al párpado que con ellas puede inventar todo un cosmos de agua, olas, Portugal y revistas pornográficas con un ojo cerrado y el que queda ideando como salir de una caja encalada, pero en fin, si las palabras son para escribir, leer y compartir errores no necesitas un universo de vainilla.

Hay veces que pienso que él es mi moneda, un amuleto irracional, mi mariposa sin alas, pero es mi sello, yo la cara de plata sin duda. Estas palabras me regocijan, me agradan. Buenas noches, sello suicida. Buenos días, mi invitado. Hasta luego y hasta la vista -ya es más tarde-.

Y ojalá pudiera ser un cristal roto, un sencillo e inocente cristal. Vaya clemencia.

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